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martes, 29 de marzo de 2016

Ambos enjugaron sus besos en un instante indescifrable, inestable; en un momento de luces parpadeantes y vientos bailables. Sin temor, sin pena; sin miedo a lo que sucediera después, sin miedo a perderse o quebrarse; sin miedo a juntarse las almas o a despegarlas en una noche, en una noche distante e inusual.
Se besaron, dejando en la noche un sello de pasión. Y no importó ningún miedo, porque todo miedo fue aniquilado por aquel amor abrasador, que quemó en hartas llamas, desde las cumbres de la duda hasta las raíces del temor, la desdicha de lo que había sucedido tiempo atrás.
Intercambiaron suspiros -que más que suspiros, eran aires de dolor, con los que se resquebrajaban sentimientos olvidados-, y prendieron el fuego que creyeron se había apagado, y revivieron el calor que creyeron se había ido ya. Y se dieron cuenta que el amor siempre estuvo jugando con ellos, para matar y revivir a estos locos enamorados, cuantas veces se le antojase al mismo.
Fue el juego del amor: crearlos y destruirlos. Y aunque no hubo ganador, valió la pena jugarlo...
-GS32-

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