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viernes, 22 de enero de 2016

Dementes

Se amaban. Se amaban a distancia o unos milímetros. Se deseaban el uno al otro. No comprendían la excitación que los tomaba por sorpresa cada cual que se veían. No tenían la respuesta al porqué de tanta locura; pero así se amaban: sin respuestas, sin argumentos, con continuos tropiezos, con silencios prolongados, con una distinguida  perversidad; estaban dementes, jodidamente enamorados.
Su cabello bañaba sus hombros, caía ligeramente sobre ellos, rozando el aire que le acariciaba; y él solo la contemplaba. Miraba detenidamente cada detalle de su cuerpo, memorizaba sus rasgos, sus lunares, se embriagaba de aquel olor fascinante que emanaba de todo su cuerpo. 
Ella le solía leer su mirada, intentaba descifrar esa críptica pasión que se escondía tras el brillo de sus ojos; tomaba el tiempo necesario -o el tiempo la tomaba a ella- para resolver ese acertijo del porqué tanta inquietud por jugar con su mirada. 
No entendían un carajo del amor, pero sabían que se amaban. 
Las caricias que impacientemente esperaban ser atendidas, el roce de piel dibujado sobre sus cuerpos, las manías sobrevolándolos, dos almas conjuntamente embravecidas con la inocencia; realmente habían perdido el juicio, habían desafiado a la aventura; habían olvidado toda regla, todo límite, habían perdido la noción del tiempo; ignoraron todo tipo de riesgo, y eso los consumía más en el amor tan irracional en el que vivían.
No sabían lo que les estaba ocurriendo, o quizá sí, quizá ya tenían la leve sospecha de que sus almas habían sido creadas para nunca desunirse, y eso era lo que los estaba volviendo locos; tenían cierto temor de que algún día todo acabara; pero qué importaba el porvenir si ahora estaban juntos. 
Sí, enloquecieron; sí, se amaron...

-GS32-

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